6 de enero de 2026·5 min de lectura

Cómo dejar de decir «eh» y «em» (sin sonar a robot)

Por Michael Tournaud

Las muletillas no son el problema. Usarlas sin parar sí lo es. Una persona media dice «eh» o «em» unas cinco veces por minuto, y la investigación demuestra que eso, en realidad, está bien. El problema empieza cuando superas aproximadamente el 1,3 % del total de tus palabras. Pasado ese umbral, quien te escucha empieza a percibirte como menos preparado, menos creíble y menos competente. No por lo que dijiste. Por cómo lo dijiste.

Yo era de los que dicen «eh» todo el rato. Un día me grabé en una llamada de trabajo y conté 47 muletillas en 10 minutos. Cuarenta y siete. Casi cinco por minuto, lo que suena manejable hasta que recuerdas que estaba presentando los resultados trimestrales a la dirección. La mitad debía de estar jugando al bingo de las muletillas.

Esto es lo que me funcionó para recortar esa cifra un 80 % en unas seis semanas. Sin clases de teatro. Sin coaches caros. Solo entender por qué aparecen las muletillas y practicar unas cuantas técnicas concretas hasta que se volvieron automáticas.

¿Por qué decimos «eh», para empezar?

Tu cerebro va más rápido de lo que tu boca puede moverse. Ese es el problema de fondo. Las muletillas son el colchón: te guardan el sitio en la conversación mientras tu cerebro se pone al día y decide qué decir a continuación.

El lingüista de Stanford Herbert Clark descubrió que «eh» y «em» no son errores ni basura verbal. En realidad son palabras que tu cerebro planifica y produce de forma deliberada. Funcionan como gestores de la conversación: señales que le dicen a quien te escucha «sigo hablando, no me interrumpas, solo estoy pensando un segundo».

Lo interesante: «em» y «eh» significan cosas distintas. La investigación sugiere que decimos «em» cuando estamos decidiendo qué decir y «eh» cuando decidimos cómo decirlo. «Em» anuncia una pausa más larga. «Eh», una más corta. Tu cerebro sí distingue entre las dos.

Así que las muletillas cumplen una función. Mantienen tu turno de palabra. Compran tiempo para pensar. No son malas en sí mismas: se convierten en un problema cuando son tu única herramienta para gestionar las pausas. Cuando cada hueco se llena de ruido en lugar de silencio, empiezas a sonar inseguro. Aunque no lo estés.

¿Qué pasa cuando usas demasiadas muletillas?

Unos investigadores de Cal Poly pusieron a varios participantes a escuchar a oradores con distintas tasas de muletillas. Los resultados fueron claros: los que usaban más muletillas fueron valorados como menos profesionales, menos creíbles y menos competentes. El contenido real de su mensaje no cambiaba; solo la forma de decirlo.

Otro estudio lo midió con más precisión. Variaron la tasa de muletillas de 0 a 12 por minuto y midieron la percepción. ¿Cinco muletillas por minuto? Ningún impacto negativo significativo. ¿Doce por minuto? Caídas significativas en la eficacia percibida. El punto óptimo existe; solo que está más abajo de lo que la mayoría imagina.

Un dato que se me quedó grabado: las grabaciones sin muletillas puntuaron 5,93 en competencia comunicativa. Las grabaciones con muletillas vocales, 3,99. Los mismos oradores. El mismo contenido. La única diferencia eran esos ruiditos entre idea e idea.

El impacto en los negocios también es real. Un estudio de telemarketing encontró que las tasas de éxito caían en picado cuando las muletillas superaban el 1,3 % del total de palabras. Eso es, más o menos, una muletilla cada 77 palabras. Parece margen de sobra, hasta que ves lo rápido que se acumulan cuando estás nervioso.

¿Cómo se reducen de verdad las muletillas?

Lo primero es la consciencia. No puedes arreglar lo que no notas. Grábate en tu próxima llamada (casi todas las herramientas de videoconferencia guardan grabaciones) y cuenta tus muletillas. Lo más probable es que la cifra te sorprenda. A mí me sorprendió.

Los estudios muestran que los estudiantes que recibían feedback en tiempo real sobre su uso de muletillas las reducían tres veces más que quienes no recibían ninguno. Incluso el feedback diferido recortó las tasas un 60 %. Solo saber que el problema existe ya marca la diferencia.

Técnica 1: sustituye las muletillas por pausas

Esta es la habilidad central. Cuando notes que sube el «eh», cierra la boca. Para, sin más. Deja que el silencio exista.

Suena sencillo. Da pánico. El silencio parece estirarse hasta el infinito cuando eres tú quien espera. Pero esto es lo que muestra de verdad la investigación: decir «eh» hace que parezcas más ansioso que quedarte en silencio. Las pausas se leen como reflexión. Las muletillas, como nervios.

La técnica: píllate justo antes de la muletilla y sustitúyela por nada. Literalmente nada. Respira si lo necesitas, pero no emitas ningún sonido. A ti la pausa te parece una eternidad. Para quien te escucha, es alguien seguro de sí mismo tomándose un momento para elegir sus palabras.

Practícalo en conversaciones sin presión. Cuando alguien te haga una pregunta, haz una pausa de un segundo entero antes de responder. Siente lo incómodo que resulta ese segundo. Luego habla. Repítelo las veces suficientes y las pausas pasarán a ser terreno natural en lugar de un vacío del que huir.

Técnica 2: baja el ritmo al hablar

Hablar rápido crea oportunidades para las muletillas. Tu boca adelanta a tu cerebro, y las muletillas son el mecanismo para que se ponga al día. Cuando bajas el ritmo, necesitas menos colchones.

La velocidad media al hablar ronda las 135 palabras por minuto. Quien está nervioso suele llegar a 170 o más. A ese ritmo, tu cerebro va siempre corriendo detrás, y el «eh» le compra una fracción de segundo para pensar.

Prueba a hablar al 70 % de tu velocidad habitual. Te parecerá ridículamente lento, casi condescendiente. Ahí es exactamente donde quieres estar. Tu cerebro por fin tiene tiempo de preparar la siguiente frase antes de que tu boca la necesite. Las muletillas se evaporan porque ya no te hacen falta.

Técnica 3: agrupa tus ideas en bloques

La mayoría de las muletillas aparecen entre ideas. Terminas un pensamiento y rellenas el hueco mientras buscas el siguiente. La solución: organiza mentalmente tu respuesta en bloques separados antes de hablar.

Cuando alguien te haga una pregunta, no empieces a hablar de inmediato. Tómate un instante. Identifica los dos o tres puntos que quieres transmitir. Luego suéltalos de uno en uno, con pausas intencionadas entre cada uno.

Así el pensamiento va por delante. En lugar de buscar tu siguiente punto mientras hablas, ya tienes el terreno mapeado. Las pausas entre bloques no son apuros incómodos: son transiciones seguras.

Técnica 4: practica con una palabra gatillo

Elige una palabra para decirte mentalmente en lugar de «eh». Hay quien usa «pausa». Otros usan «respira». La palabra en sí da igual. Lo importante es crear una interrupción consciente del hábito automático de la muletilla.

Cuando notes el impulso de la muletilla, piensa en silencio tu palabra gatillo. Eso rompe el automatismo. Tu cerebro iba a producir el «eh» sin intervención consciente. El gatillo lo vuelve consciente, y eso lo hace controlable.

Al cabo de unas semanas ya no necesitarás el gatillo. La propia pausa se volverá automática. Pero mientras tanto son unos ruedines muy útiles.

Técnica 5: acepta algunas muletillas

Eliminarlas del todo no es el objetivo. Ni siquiera es posible. Y, sinceramente, quien no usa ninguna suena un poco robótico. La investigación muestra que una tasa baja pero distinta de cero, en torno a cinco por minuto, no afecta negativamente a la percepción.

La doctora Angela Corbo, de Widener University, lo explica así: «Las muletillas a veces cumplen esa función por ti. Indican que ese es el momento en el que estás invitando a la gente a pensar».

El objetivo es que las muletillas pasen de ser una muleta que distrae a un marcador de pausa ocasional y natural. Si vas por 15 por minuto, baja a 8. Si vas por 8, baja a 5. No te obsesiones con la perfección: busca una reducción cómoda.

¿Las muletillas significan de verdad que eres menos inteligente?

No. Si acaso, puede que sea justo al revés.

De hecho, un estudio que grabó las conversaciones cotidianas de cientos de personas encontró que muletillas como «o sea» y «ya sabes» las usaban más las personas más concienzudas, esas a las que les importa elegir bien sus palabras. (Ese estudio analizó esos marcadores del discurso y no «em» y «eh» en concreto, y el vínculo con la personalidad salió de un lote enorme de comparaciones, así que tómalo como indicio, no como algo zanjado). Pararse a pensar refleja reflexión, no estupidez.

Otro estudio encontró algo sorprendente sobre la honestidad: quienes decían la verdad usaban más muletillas. Los «casos de ‘em’ fueron significativamente más frecuentes y de mayor duración acústica al decir la verdad que al mentir». Al parecer, quien miente planifica su discurso con más cuidado porque está construyendo un relato. Quien dice la verdad procesa la realidad en tiempo real, y eso genera más titubeos.

Los profesores de humanidades usan muletillas 4,76 veces por cada cien palabras. ¿Y los de ciencias puras? Solo 1,47 veces. No es porque los científicos sean más listos: es porque el material de humanidades cuesta más de poner en palabras con precisión y exige más procesamiento verbal en tiempo real.

Así que las muletillas no son señal de poca inteligencia. Pero a la percepción le da igual la realidad. Quien escucha valora como menos competente a quien abusa de las muletillas, sea cierto o no. Estás gestionando una percepción, no demostrando tu coeficiente intelectual.

¿Cuánto se tarda en mejorar?

En mi experiencia: dos semanas para detectar el problema, cuatro para empezar a pillarte a ti mismo y seis para ver una reducción real.

La investigación respalda ese calendario. El feedback en tiempo real produce una mejora inmediata: tres veces menos muletillas. La práctica deliberada durante 4-8 semanas genera un cambio duradero. El avance no es lineal. Tendrás días buenos y días de recaída. Es normal.

Lo que importa es el hábito de grabarte. Escúchate con regularidad. Cuenta las muletillas. Sigue la cifra a lo largo del tiempo. Los datos te mantienen honesto cuando la percepción subjetiva miente. Creerás que usas muchísimas más muletillas de las que usas en realidad, y eso puede desanimar, hasta que lo comparas con la grabación del mes pasado.

Ejercicios rápidos para probar hoy

No te quedes en la lectura. Practica algo.

  1. La grabación de un minuto: habla de cualquier tema durante 60 segundos. Grábalo. Cuenta tus muletillas. Ese es tu punto de partida.
  2. La práctica de la pausa: responde tres preguntas en voz alta haciendo una pausa de dos segundos enteros antes de cada respuesta. Fíjate en la diferencia entre cómo se siente la pausa y cómo suena.
  3. El discurso a cámara lenta: lee un párrafo a la mitad de velocidad. Nota lo mucho más fácil que es ir pensando por delante cuando tu boca no va a la carrera.
  4. La prueba del amigo: pide a alguien que levante la mano cada vez que digas «eh» en una conversación de cinco minutos. El feedback instantáneo es brutalmente eficaz.

La conclusión sobre las muletillas

Las muletillas existen por algo. Tu cerebro las usa para mantener el turno de palabra y comprar tiempo para pensar. Eso no es un defecto de carácter: es una característica del habla humana que existe en todos los idiomas de la Tierra.

Pero demasiadas muletillas socavan tu credibilidad. Hacen que suenes nervioso aunque no lo estés. Distraen de tu mensaje real. Y se corrigen sorprendentemente bien con las técnicas adecuadas.

La solución no es eliminar las muletillas por completo. Es sustituir la mayoría por silencio. Las pausas transmiten seguridad. Las muletillas transmiten ansiedad. El mismo hueco, una percepción completamente distinta.

  • Grábate con regularidad: la consciencia impulsa la mejora
  • Sustituye las muletillas por pausas, no por más palabras
  • Baja el ritmo para dar a tu cerebro tiempo de prepararse
  • Agrupa tus ideas en bloques antes de hablar
  • Acepta que algunas muletillas son normales e incluso útiles

Empieza por la grabación de un minuto. Cuenta tu punto de partida. Luego elige una técnica y practícala durante dos semanas. Te sorprenderá lo rápido que el «eh» deja de ser automático, y cuánto más seguro suenas cuando es el silencio el que llena los huecos.

Si quieres seguir la reducción de tus muletillas a lo largo del tiempo, Deepr puede analizar tus patrones de habla y mostrarte un progreso concreto. Ver cómo bajan los números resulta curiosamente satisfactorio.

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